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07 enero 2018

Monstruos.

Los hay de todos los tamaños, formas y colores, les teníamos miedo cuando éramos pequeños y mirábamos debajo de las camas para ver si se habían escondido ahí, sin saber que los peores monstruos no se esconden, sino que están ahí, se acuestan a nuestro lado cuando nos vamos a dormir, dominan nuestra mirada, nuestros despistes, dominan cada parte de nosotros, se quedan esperando mensajes y están en todos lados. 

Pequeños monstruos. 

A esos sí que les tenemos miedo. 

Provocan roturas graves. 

De las que duelen. 

De las que pesan.  

Cuando hacen su peor trabajo nos martirizamos pensando una y otra vez que se podrían haber evitado, que quizás de otra forma, haciendo algo diferente o estando más alerta podríamos cambiar algo. 

No sabéis lo inútil que resulta esto. 

Estoy segura que no importa lo convincentes que seamos, por mucho que volviéramos atrás, ninguno de nosotros podría alentarse a sí mismo a abandonar la tarea a la que con tanto ahínco nos dedicábamos, a amar incondicionalmente algo o alguien, a arriesgarse, a creer que se podía. Me gustaría suponer que esto se debe a que ha quedado humanamente comprobado que las ilusiones son tan frágiles como resistentes, ya que cuando se rompen lo hacen en mil pedazos, pero ¡cuánto aguantan! 

Nuestros peores monstruos son nuestras mejores ilusiones, aquellas que no se cumplen, aquellas que se quedan de forma incorpórea en un estado volátil entre la realidad y la imaginación, aquellas que parecen, pero que no son. Son las mismas que nos destrozan pero también las que nos construyen, las que restablecen nuestras prioridades, las que nos recuerdan que somos humanos y que estamos vivos. 

Y solo y únicamente cuando estamos preparados para afrontar esto es cuando los monstruos dejan de ser monstruos y aprendemos de ellos. Produciéndose un efecto dominó en nuestros pensamientos, el único que en cuanto termina todo está ordenado. 

Todo deja de doler. 

Todo deja de pesar. 

01 noviembre 2017

Teoría de asumirse.

Hay algo que todo ser humano debe saber: Hay dolores inevitables. 

Es una premisa conocida y sufrida por todos, pero por muy simple que parezca hay situaciones en la vida en las que no enfocamos el dolor de una forma adecuada. 

Resulta inevitable ir por la calle, tropezarse y hacerse daño. Hasta aquí todos lo entendemos. Pero, ¿Qué es lo que hacemos con ese dolor? Dentro de las múltiples opciones, podemos coger ese dolor y empezar a preguntarnos "¿Por qué no tendré más cuidado?" o "Ahora me saldrá una cicatriz" o, y esta es la peor de todas, "Si es que yo soy así de torpe", esto es añadir dolor sobre dolor. No nos bastaba con caernos (dolor inevitable), sino que ahora también tenemos que sumarle nuestras creencias, nuestras inseguridades y nuestro locus de control insano (dolor evitable). 

El ejemplo es muy simple y explícito, pero en nuestra vida emergen situaciones que no sabemos muy bien cómo afrontar y que no son tan claras. No todo el dolor es físico, y esto también debemos aceptarlo. Nuestro mayor error es considerar que las emociones son como el dolor de una rodilla cuando te caes. Hay dolores emocionales que nos empeñamos en ignorar o en encubrir cuando estos no se curan solos.

Tengo una amiga que es un hacha descifrando las emociones de los demás, sabe a la perfección por qué hacemos las cosas que hacemos las personas que estamos a su alrededor, y cuando lo cree conveniente lo suelta, justo en el momento en que el que reina una "anosognosia emocional". Así, sin más. Como una cachetada. Es capaz de ponerte a tu propio demonio en frente y decirte ¡No lo ignores! 

Conocerse a sí mismo implica saber cuales son tus virtudes y tus defectos y esto solo ocurre cuando pasamos por dolores que parecen insostenibles. Enfrentar el dolor, verle la cara al miedo y darnos cuenta de la parte de nosotros que está en la miseria nos ayuda a saber de qué clase de material estamos hechos. Quizás es esto lo que nos da tanto miedo. Evitamos conocer a nuestros demonios.

A lo mejor no estamos preparados para darnos cuenta que pensamos cosas horribles de una persona porque le tenemos envidia o estamos resentidos, o que evitamos una situación porque nos da miedo, o que nos da miedo pedir perdón porque nos creemos débiles. Pero, ¿Preparados para qué? No somos perfectos, no somos superhéroes, no estamos hechos de hierro, no tenemos que estar preparados. Sentir envidia, miedo, o tener inseguridades son cosas totalmente normales. Todos le tenemos miedo a algo, todos deseamos algo que otros tienen, todos sentimos cosas negativas, pero ignorarlas, tacharlas, apacarlas u ocultarlas no nos va a hacer mejores que todo eso, vamos a dejar a nuestro demonio campar a sus anchas.

Pararnos a reflexionar por qué estamos haciendo las cosas o por qué reaccionamos de una determinada forma nos va a dar la ventaja de actuar de una manera más sana. Ser conscientes de nosotros mismos nos va a dar respuestas a soluciones que creemos imposibles. Quitarnos demonios de encima, dejar que tome parte algo mejor de nosotros.

Con todo esto solo quiero decir que está bien estar tristes, está bien tener miedo, sentir ira, son reacciones normales que tiene la gente normal en situaciones normales. El truco está en que seamos conscientes de ellas para no dejarnos llevar por lo normal y poder llegar a ser personas extraordinarias, plenamente conscientes de nuestras emociones y de nuestros planteamientos.

Afrontarnos a nosotros mismos, dejar de tenernos miedo. Eliminar demonios.